miércoles, 5 de enero de 2011

Tenía que pasar. Y pasó.

Primero vino el champán que pretendí (ingenuo de mí) verter sobre ella, horas antes de que el azar descartara esa posibilidad. Después llegó el vino y la degeneración.
Miles de pastillas de sabores girando a mis pies como un arcoiris enloquecido. ¿Estás en la vida, Ale?
Mis amigos y yo.
Yo y mis amigos.
Quisimos volar, y elegimos aspirar disolvente para que la realidad no lastrase nuestras alas enfermas.
Ardió la mesa. Rompimos botellas. Condujimos al borde de la tragedia y propusimos sexo a la persona equivocada.
No quedó, en mi casa, váter sin estrenar, cenicero sin ceniza, o locura sin desbordar.
Son tantos los recuerdos póstumos. Las confidencias turbias. La guitarra impactando contra el suelo. Tantas cosas que no recuerdo, y tan pocas de las que, a pesar del daño, me arrepiento.
Tenía que pasar. Y pasó. Mordimos nuestra propia cola y nos hundimos del todo en nuestros miserables excesos. No está tan mal, ¿sabes?
Pero son muy tristes las mañanas.

2 comentarios:

  1. Qué triste. No pasa nada. Habrán resacas mejores. Jaja.

    Verter champán sobre alguien creo que es muy sexy. Sí, señor, así lo creo.

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