Primero vino el champán que pretendí (ingenuo de mí) verter sobre ella, horas antes de que el azar descartara esa posibilidad. Después llegó el vino y la degeneración.
Miles de pastillas de sabores girando a mis pies como un arcoiris enloquecido. ¿Estás en la vida, Ale?
Mis amigos y yo.
Yo y mis amigos.
Quisimos volar, y elegimos aspirar disolvente para que la realidad no lastrase nuestras alas enfermas.
Ardió la mesa. Rompimos botellas. Condujimos al borde de la tragedia y propusimos sexo a la persona equivocada.
No quedó, en mi casa, váter sin estrenar, cenicero sin ceniza, o locura sin desbordar.
Son tantos los recuerdos póstumos. Las confidencias turbias. La guitarra impactando contra el suelo. Tantas cosas que no recuerdo, y tan pocas de las que, a pesar del daño, me arrepiento.
Tenía que pasar. Y pasó. Mordimos nuestra propia cola y nos hundimos del todo en nuestros miserables excesos. No está tan mal, ¿sabes?
Pero son muy tristes las mañanas.
Qué triste. No pasa nada. Habrán resacas mejores. Jaja.
ResponderEliminarVerter champán sobre alguien creo que es muy sexy. Sí, señor, así lo creo.
crees bien, tia.
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