Mi cuerpo es tu templo, empléalo como mejor dispongas y no
pidas primero, sin consultar conmigo, cuando esté en el servicio. Remienda mis
costuras únicamente si el enredo con las tuyas ya no permitiera diferenciar
nuestras antagónicas posturas. Pero si estás decidida a pagar la cuenta, que nada
detenga tu mano. Divirtámonos juntos, da de ti cuanto el cuerpo dé de sí, que
yo haré lo propio, y no antepongamos incómodos plazos a nuestro caminar
achacoso. Los cafés, las copas y el costo, quedan a mi cargo; tú, por tu parte, evita dejar propina en otros labios y ya
habrás cumplido. Mi cuerpo es tu templo, o cuando menos, unas indecorosas
ruinas a resguardo del invierno. Será cosa del tabaco.
Soy ateo
militante en la política de mi ego. No creo en mí, ni en ti. En Dios tampoco.
Me río de San Valentín, ese diputado del absurdo que emplea la demagogia
panfletaria clásica en nombre del amor, igual que en Navidad, invitándonos a
desvalijar, voraces, los comercios y a deforestar todos y cada uno de los
rosales del planeta. Me río de San Valentín. Con ello reconozco no haber
santificado como quisieran la artificialidad de las fiestas con ocasión de
estas fechas de tan miserables miras y tardes lluviosas. De punta en blanco, la
máscara que hoy, más que ningún otro día del año, nos fuerza a ejercer de
galanes quasi seniles del siglo pasado, agrava la presión que sobre nuestras
ojeras ejerce la obligación de querer. Resulta trágico.
¡Que alguien dé a este muerto un
magreo, o por lo menos, santa sepultura!