viernes, 18 de marzo de 2011

Gente decente

En este jardín ya no crece nada. ¿Para qué? Todo es tan imperfectamente predecible… Una flor sería menos que un racimo de pétalos indiferentes, casi una canción, la salvación de los hombres sin rostro que miran con ojos vacíos a su alrededor. Llevan el silencio cosido a los labios y la deriva perdida en la suela de sus zapatos.
                Atraviesan la ciudad en línea recta, acomodando su paso al de los demás, ocultando su desnudez a fuerza de ver caer la lluvia por el borde de sus sombreros enmohecidos. Empuñan maletines de piel que no contienen más de lo necesario. Nada. Yo los he visto, muchos de ellos son viejos amigos desconocidos. Cada día vienen y van, se suman a la humanidad para apearse al poco tiempo llenos de rabia, dolor y muerte, sin detenerse a pensar qué es lo que están buscando, si es que hay algo que buscar.
No sé si fue porque terminé de colapsarme a estas alturas tan estrechas o tal vez es que me colmé detrás del vaso, malherido por las escaleras. Porque cambié un horizonte en llamas por un horizonte a secas, o será que evité tantos rincones de cálidas promesas que ya no queda sitio para mí. De cualquier manera, tía, coincidirás conmigo en que si no hacemos algo pronto, seremos igual que ellos.
Invítame a cenar un día, porque no tengo un duro.
Y además… te necesito.

martes, 15 de marzo de 2011

El blues de mi amigo (o cuando Puchero perdió nada)

                Probablemente mañana despertarás de nuevo encerrado en ese limbo emocional con ventanas a ninguna parte. Los ignorantes de todo nos aferramos a lo que sea por no desasirnos de aquello que nos inquieta de alguna manera, porque aún así no podemos prescindir de ello. Tú simplemente no tienes palabras para definir las carencias que evidencia el vacío que dejó ella entre tus manos cada vez que se acercaba para confesarte sus secretos más inconfesables. Secretos de los que nunca formarías parte, pero qué sabré yo.
                Probablemente permitiste al desconcierto pesar sobre tus párpados y a la melancolía ser el pan de cada día. Así es como funciona el amor a la inversa. Hermano, ¿qué sabrán las chicas de las mujeres, si cuando ella recapacite diez años después, será demasiado tarde para todos?
                 Ahora, que tropezaste con el improbable final de una historia que no tuvo siquiera principio para uno de los dos litigantes sentimentales, espero que lo celebres brindando con servidor en honor a las mujeres que tan pronto se alejaron del camino empedrado de nuestra psique enferma para perderse por otros derroteros menos complicados, nos olvidaron apenas sin una lágrima, sin un recuerdo que llevar consigo a la eternidad de sus márgenes vitales.
                Probablemente sus labios no fueran cualquiera, ni su risa la indiferencia armónica de una mujer anónima. Tal vez su pelo te recordara a algo que dejaste atrás cuando ni siquiera sabías que el tiempo desplaza los recuerdos casi intactos hasta la tumba. Pero algo es seguro: mañana, en mitad del limbo emocional del desconcierto y la melancolía, una nueva historia romperá todos tus esquemas. Los disparos en callejones oscuros, en parques desiertos, o sobre colchones que huelen a perfume, son las únicas heridas a las que nunca se acostumbra uno.
                Probablemente mañana vuelva a ser nadie. Acaso un recuerdo aislado en la inmensidad de lo anecdótico, pero hasta que eso ocurra, viejo, brindemos por ellas y su irresistible perdición.

domingo, 13 de marzo de 2011

Sobre un joven verde

                Cuando perdamos la esperanza y nuestra piel se descuelgue rendida ante la intransigencia de la gravedad, la juventud será una anécdota dispersa en el trajín confuso de los días, una palabra en desuso y una punzada en el trascurso del más profundo de los silencios nocturnos.
                Nos aferraremos a las sábanas limpias con nuestros dedos secos y temblorosos, esperando encontrar alguna suerte de tranquilidad, quietud, o lo que quiera que esté buscando quien solo espera la muerte, en el viejo respirar del otro lado de la cama.
                Reconoceré mi reflejo de madrugada en el espejo del cuarto de baño mientras acaricio mi calva con resignación, y entonces recordaré que una vez tuve veinte años, el pelo largo y un sinfín de absurdas nostalgias infantiles. ¿Dónde estarás tú?
                Probablemente seremos desconocidos encantadores, dos viejos miserables resignados al cansancio de vivir en la periferia de la sociedad, donde atracan los barcos que nunca más volverán a puerto, donde los latidos se esconden detrás de unos huesos hastiados incapaces de rememorar otros tiempos.
                Ni siquiera en esos días cruzará por nuestras miradas abrumadas las malas costumbres que nos inculcamos sobre una cama y sin protección. Nuestros rostros se habrán mezclado con otras caras diferentes hasta borrarse como el tejido de un papel roto por el agua.
                Por eso, antes de que las arrugas se abracen a mis ojos y la naturaleza siga su curso hasta vernos tumbados en paz sobre una caja de madera, quería que supieras que mis adicciones siempre fueron menos tristes contigo, mis soledades más luminosas, y sí, mis libros más desordenados. Lo cierto es que te pareces a todas ellas, y sin embargo, nunca vi a nadie como tú.