En este jardín ya no crece nada. ¿Para qué? Todo es tan imperfectamente predecible… Una flor sería menos que un racimo de pétalos indiferentes, casi una canción, la salvación de los hombres sin rostro que miran con ojos vacíos a su alrededor. Llevan el silencio cosido a los labios y la deriva perdida en la suela de sus zapatos.
Atraviesan la ciudad en línea recta, acomodando su paso al de los demás, ocultando su desnudez a fuerza de ver caer la lluvia por el borde de sus sombreros enmohecidos. Empuñan maletines de piel que no contienen más de lo necesario. Nada. Yo los he visto, muchos de ellos son viejos amigos desconocidos. Cada día vienen y van, se suman a la humanidad para apearse al poco tiempo llenos de rabia, dolor y muerte, sin detenerse a pensar qué es lo que están buscando, si es que hay algo que buscar.
No sé si fue porque terminé de colapsarme a estas alturas tan estrechas o tal vez es que me colmé detrás del vaso, malherido por las escaleras. Porque cambié un horizonte en llamas por un horizonte a secas, o será que evité tantos rincones de cálidas promesas que ya no queda sitio para mí. De cualquier manera, tía, coincidirás conmigo en que si no hacemos algo pronto, seremos igual que ellos.
Invítame a cenar un día, porque no tengo un duro.
Y además… te necesito.