martes, 23 de agosto de 2011

Que no decaiga...

... dijo desganado el decaído.

The man in me.


No necesito un coro celestial para delatar tu presencia discreta ondeando a través de la cortina, en cada habitación que trato de cruzar con las alas quemadas de tanto fumar mierda que no satisface a nadie, salvo a quienes se benefician de nuestro verano nuclear tardío. Tía, esta noche no va a pasar nada interesante, ¿para qué perder el tiempo hablando, cuando podrías estar haciendo la corte a otro bufón menos problemático? El otoño se nos viene encima, tú con esos pelos y yo con esta barba. Tú con tus sueños y yo presa de semejante erección. Solitario empalmado fumando a solas por la calle, esperando acaso la inspiración que necesitaba.
Los homínidos primarios levantan la cabeza del lodo primordial y proclaman un canto de libertad. Hay tiroteos en el Senado y las entrañas del Congreso se desploman engullidas por las llamas. Mientras tanto, una nueva vida se retuerce en el vientre luminoso de la eternidad. La gente se sienta en el césped a debatir sobre cosas mundanas: para nada o para siempre; la cama o el suelo; industrial o de liar. Estamos tan ocupados, mujer, que casi no tenemos tiempo para ejercer de persona.
Mañana será la cama quien se levante de mí, cuando todo cuanto aparenta ser, sea, y yo esté demasiado cansado para sentirme perplejo. ¿Dónde estarás tú entonces? Probablemente enseñando al tiempo a bailar, mientras un técnico especialista me explica cómo va el microondas. Perdona si desde mi casa se ve nada más que el Teide y el mar, y que mis ojos solamente sintonicen el final de mi nariz, pero no puedo evitar ser de las afueras y sentirme más lejos de todo cada vez. Sí señora, soy un vendido, un faro fundido, un mal amigo, pero un hombre bueno. Recuérdalo la próxima vez que demuestre lo contrario.