Acudir al baño con frecuencia es saludable, todo el mundo lo sabe. Cuando la tempestad asola las calles y las aceras se llenan de ceniza, me inclino sobre el inodoro, que me devuelve la mirada como si la vida estuviera dispuesta a brindarme una segunda oportunidad. Afuera, todavía es verano, y los pájaros enferman de amor, un niño ríe distraído, y el rumor de la autopista sigue siendo nada más que un rumor; ajado; solitario; lejano; mientras yo… en fin. Necesito que las condiciones sean idóneas para sentirme bien y poder iniciar sin complicaciones incómodas la recta final de la maquinaria digestiva. Necesito, entre otras cosas, silencio absoluto. Entonces, se produce el milagro, y una lágrima de orgullo paternal se descuelga por mi mejilla hasta mezclarse eternamente con mi creación. Hay veces en que debería estar prohibido tirar de la cadena, y sin embargo hay otras en que se convierte en una responsabilidad cívica. Al final, al margen de los deseos individuales, todo se reduce a la famosa frase pronunciada por Fernando Fernán Gómez, que aquí cobra un significado sorprendentemente redundante: “¡A la mierda!”.
Todos los ríos van al mar.