lunes, 27 de junio de 2011

Mi campaña anti-pedantería repugnante, parte 1: El Cagar.

Acudir al baño con frecuencia es saludable, todo el mundo lo sabe. Cuando la tempestad asola las calles y las aceras se llenan de ceniza, me inclino sobre el inodoro, que me devuelve la mirada como si la vida estuviera dispuesta a brindarme una segunda oportunidad. Afuera, todavía es verano, y los pájaros enferman de amor, un niño ríe distraído, y el rumor de la autopista sigue siendo nada más que un rumor; ajado; solitario; lejano; mientras yo… en fin. Necesito que las condiciones sean idóneas para sentirme bien y poder iniciar sin complicaciones incómodas la recta final de la maquinaria digestiva. Necesito, entre otras cosas, silencio absoluto. Entonces, se produce el milagro, y una lágrima de orgullo paternal se descuelga por mi mejilla hasta mezclarse eternamente con mi creación. Hay veces en que debería estar prohibido tirar de la cadena, y sin embargo hay otras en que se convierte en una responsabilidad cívica. Al final, al margen de los deseos individuales, todo se reduce a la famosa frase pronunciada por Fernando Fernán Gómez, que aquí cobra un significado sorprendentemente redundante: “¡A la mierda!”.
Todos los ríos van al mar.

miércoles, 8 de junio de 2011

Gatos nuevos. Gatos viejos.

                Me invaden los ochenta. ¡Qué disparate! Después de veinte años, y todavía no he nacido. No tropecé contigo por la calle ni por casualidad (para nada me imaginé un final parecido). Así que finalmente, la de las fotos eres tú; tan amarilla, tan nostálgica; la calle se estrecha, guiño los ojos torpemente desde lejos y tus pupilas no parecen tan diferentes como decías. ¿Así que esto era la vida, fotos consumidas por los bordes? Te convido con el olvido si me invitas a fumar contigo a solas y en silencio. Demasiado ruido para un auto incomprendido, calado desde el principio hasta los huesos de los demás. Mil novecientos noventa.
                Noventa y uno.
                Y demás pretéritos imperfectos.
                Fuego cruzado. Paralelas borrachas atravesando a duras penas un eje acusador. Sentimientos a discreción como una manada de elefantes sobre la cama. Entrevistas febriles con el placer y el desconcierto arrepentido.
                Mañana, más viejos, más guapos, nos perderemos de vista para no perder la cabeza del todo, más locos que una cabra, más solos que nunca, y sin ninguna puerta donde apoyar las maletas y aporrear familiares y sonrientes, eso son privilegios reservados a la gente de bien. Nosotros somos paisajes lunares distantes, siempre lo fuimos, fotografiados por separado y reunidos por casualidad en un álbum aleatorio, en algún archivo enmohecido, lejos del alcance de los demás. Gatos auto incomprendidos.