El tacto que negaba las manos aqueja
hoy la fatiga de un último estertor, permite que la luz ensucie la alcoba y,
haciendo acopio de tus enseres, no escatimes la debida mesura para cerrar la
puerta sin hacer ruido. Termina de fumar y vete. Cuídate de la lluvia, mujer,
transporta tu paraguas en aras de un éxodo sin sobresaltos, descálzate al
llegar a casa. Las instantáneas amarillas, detentoras de una áurea decadencia,
no revelan sino el rastro de los rostros del pasado, posadas distantes donde la
senectud abreva… viles recuerdos, nada más. Ahora, que el ajetreo existencial
se presume tan sumamente pretérito, te pregunto a ti: ¿qué castigo merece un
astronauta por haber olvidado el viento que desordenaba su rutina?
A tientas y en silencio, como opera el tiempo, rescatarás los íntimos jirones de tela que no bastan para recluir la vergüenza de haber vivido, la mirada trastabillada de inviernos frente a la ventana.