jueves, 17 de febrero de 2011

Buena suerte

Hasta llegar a donde quiera que pernocte la invicta suerte, asaltaré miradas ajenas entre parpadeo y parpadeo. No serví para jugar a querer sin una puerta entreabierta a la que recurrir en caso de emergencia. Solamente sentir lo que se siente al formar parte de un paisaje compartido sin consultar inevitablemente el reloj será un horizonte casi tangible. Mi salvación.
Haciendo la digestión entre los edificios que devoran gente o en las vías del tranvía se desprende una gota de sangre azul, elevándose hasta el más sagrado de los altares, donde una deidad improbable cerrará el puño ensangrentado. Después lloverá sobre nuestras desprevenidas cabezas e ignorantes de todo, nos diremos adiós con un beso.
Apoya la cara en el cristal, mujer, tal vez sin saber que aunque las gotas están por fuera, el frío no entiende de fronteras. En el escritorio, un papel arrugado languidece con nuestros nombres escritos. Pronto seremos ceniza, menos que ceniza. Pero la vieja tinta nos sobrevivirá hasta encontrarnos de nuevo en algún segmento temporal impreciso. En alguna orilla donde rellenan cuestionarios los funcionarios. O tal vez donde pernocta la invicta derrota.

sábado, 12 de febrero de 2011

Tos de viejo

                Después de una noche de concierto, otro sábado incierto y melancólico; alcohólicos minutos y pesados sinquehaceres están tomando parte en el orden del día. Un día para descubrir las cosas que ya sabía. Que ya sabíamos todos. Para decir hoy en lugar de quizás. Rodear la marginalidad hasta llegar a la más absoluta nada y desvestirme con cuidado para volver a dormir hasta el domingo. Hasta mañana.
                Son cosas que nunca entenderías si no has escrito tu nombre a disgusto en un papel oficial. Si no has profanado urnas familiares que son ceniceros en realidad. Sin motivos aparentes para estar tan mal, pero con toda la razón del mundo.
                Y qué si quiero vomitar o derramar lágrimas de mentira sobre algún tubo de ensayo vital. No tengo nombre, no tengo cara. No tengo ganas de escribir mis palabras más cercanas para encontrarme desnudo y asustado, aferrado a los pelos de tu nuca nunca más. Y a pesar de todo, creo que te quiero, pasado, arma de doble filo. No estaré tranquilo hasta que mi encuentro con ella no evidencie la insuficiencia sentisexual de las tardes sin ti.
                Me veo en las mismas que hace casi un año me empujaron a cruzar dos veces sin condón y sin mirar. Juntos, separados, contigo, con ella. Sin poder parar de pensar que merezco un castigo peor que la culpa. La depresión. Tu mirada inquisitiva. La sangre de la pared. Ahora que tienes móvil nuevo y yo muy poco que ofrecer, invítame a salir y puede que me alcance para invitarte a un café. O a una copa cualquiera. O tendrás que pagar tú de nuevo.
                A todo se acostumbra uno, pero el destello de los coches en llamas por la autopista y las estrellas que se hilvanan dejando el cielo solo y arrugado no tienen perdón. Yo ya pagué por mis pecados de paseo marítimo para enamorados. ¿Acaso soy más guapo ahora? Vivo y enterrado, despierto pero ausente. Muerto en parte y, aparte, consciente de que mis mayores problemas tienen dos piernas de mujeres olvidadas y unos ojos que se te parecen. Sáquenme de aquí, antes de que la noche…

Será la lluvia reclamando lo que le pertenece.

martes, 8 de febrero de 2011

"Bueno, malo, loco o peligroso"


Despacito por el camino empedrado. La lluvia no obedece a nadie. Nótese el blue entre mis sienes tensas proyectado en el suelo a través del mirar disperso de mis ojos. Me cago en todo. Me aburro a mí mismo.
Despacito, no sea que tropiece y me joda algo. No sé, los cigarros se terminan y el amor es una broma. ¿De qué se supone que me voy a reír ahora? Los viejos abanderados corren, tintinean sus galones y el Sol los abrasa con desgana. Están todos muertos. Estamos contigo. ¿Hasta qué punto pueden dos manos abrirse y brillar más que…?
Una sonrisa por compromiso. Amigos de clausura. Conexiones neuronales desafortunadas. Pesadez mental. No quiero jugar más, May. No espero nada.
Podrán rebañar los viejos rencores de mis labios durante años, pero (aunque suene cursi) para ahondar en mi corazón hace falta un estómago de hierro y una máscara antigás. Sí, soy un vendido, o un faro fundido. Un mal amigo, pero un hombre bueno.
Torsos desmembrados me saludan. Me hacen guiños sus cabezas hinchadas desde el fondo del mar. Sus pies están bajo tierra. Y yo formo parte, en parte, de todo eso. Me dicen que las cosas están bien. Me tranquilizan: “Las cosas están bien”. Me tranquilizo. Pero la verdad es que nada es como debería ser.
¿Qué coño hago yo en el techo? Imaginación, pero no sé volar…
Voy a volver a vivir en un sin vivir cuando la tormenta se encamine en otra dirección. De la cama al suelo. Del consuelo al desconcierto. Lo cierto es que no sé querer. Sé lamentarme y fumar. Mucho. Sé todo lo que hay que saber como para no estar bien.
Coitus interruptus, porque nunca termino de expresar lo que realmente quiero. Ahora, lo que sí voy a pedirte es que les digas a todos que se vayan. Que se piren despacito, por el camino empedrado. Así nos encontremos algún día o muramos en el acto del propio caminar sin sentido. ¿Qué más da, tú?

sábado, 5 de febrero de 2011

Ingravedades vespertinas


Me suena malsonante, porque antes de conocernos, pena, ya me hervía la sangre y me lloraban los zapatos. Tengo problemas absurdos con personas de mierda, y todavía nadie me ha confesado cómo deshacer el silencio en gravedad cero.
Ingrávito hijo de puta… La nicotina para atrapar insectos y el alquitrán para pintarme una sonrisa. Hola. Hola. Hola. ¿Qué más quieres?
Si te abrazan las farolas al pasar, ¿qué culpa tiene Baco?
Dicen que hay mujeres que van por la calle como si no las conocieran. Que son el blanco de todas las miradas y de toda clase de perversiones nocturnas. Que salen de la ducha sin empapar las baldosas frías. Que se peinan con el viento.
También dicen que la muerte es pasajera.
Y que hay personas haciendo cola para dejar de vivir en paisajes lunares.
Aunque me suene el elemento del espejo, mi pellejo no está tan maltrecho todavía, ¿no?
La nicotina para atrapar adicciones y el alquitrán para lucir una distinguida sonrisa amarilla.

Mr. Frank


Yo es que no tengo medida. La brisa repasa las cortinas y por una vez, algo más que un cuerpo de seda se despereza en la cama con el pelo enredado entre mis sonrisas lejanas. Estoy de pie junto a la ventana, con medio cigarro menos que cuando empecé. Los proveedores de todo inician su marcha errante por los diferentes locales de la ciudad, salpicada por la quietud gris de las siete de la mañana. El imperio de los gatos se desmorona y los mastodontes del asfalto ocupan ahora su lugar.
Hay momentos que no tienen precio. Ahora que tengo quien me quiera, que no consumo, y que las depresiones son menos deprimentes, no encuentro el momento de mezclarme con el mundo, de perderme por ahí, donde ella no me pueda encontrar. Será que de nuevo soy un mantenido sentimental. Que traicioné mis principios a costa de un final feliz. Que me gusta demasiado desvestirla cien veces al día.
Medio cigarro menos. Una colilla sometida a la gravedad, unida a la ciudad tras una caía de dos pisos. Entonces vuelvo a la cama y ella vuelve del baño. Y nos volvemos a mirar, igual que antes, igual que siempre. Yo sé que me quiere con locura, y ella sabe que siempre digo la verdad.

Mentira. Todavía consumo.
Thanks, mr. Frank.