Me mezclo con la cama. Mi cabeza es una puta autopista de sabores circulares que se extiende infinitamente hasta donde alcanzan mis dedos. Desde esta posición inhumana prefiero buscarle las cosquillas a Dios que enredarme con las nubes que reptan por el cielo, dejando un rastro de baba que gotea a deshoras. Cuando se apagan las farolas la verdad sale a la luz, y es que pertenezco a mi generación, que a nadie pertenece; cansada de darle ventaja al tiempo, y tristemente, de género vulgar.
Venía pensando: “si las paredes hablaran, ¿qué dirían de mí?”. Y de pronto, el olvido se reinventa y me manda a tomar por culo aun sabiendo que Ella estará esperando detrás de la puerta. Efectivamente, me descubro de pie y a oscuras, a falta de quitarme un calcetín, saboreando la mierda que nunca rozó mis labios y pensando: “mierda… pero qué mierda, señores”.
¿Quién, yo? Estoy un poco como un perro con chaleco reflectante atravesando la autopista, o como una mala sinfonía desayunando vino con coca-cola a las seis de la tarde. A veces ocurre, pero, ¿qué te voy a contar, tía, que no sepas ya?