Treinta y uno de agosto, mediodía:
El verano ironiza, de pura
impotencia, con su inminente final. (De algún modo, todos lo paladeamos con
furia).
Cuatro siluetas encargan un café,
que resulta de una mediocridad intolerable.
Las personas que se reúnen en
torno al dudoso néctar carecen de rostro, pero cada una de ellas posee, a
cambio, un tono de voz característico e inédito en el mundo.
La extraña sinfonía debe
equipararse al sonido proveniente de los aviones justo antes de levantar el
vuelo.
Y así pasa una hora. Y otra más
de infatigable oratoria. Y deposito ambos ojos en el reloj, como quien consulta
pornografía a fondo perdido.
Mientras aquellas voces enumeran
las bondades de un ser supuestamente excepcional —de nombre Pablito—,
me sobreviene una imagen recurrente (aunque no por ello menos impresionante),
con la que me distraigo: las piernas de Priscila, que son exactamente iguales a
las de una hormiga. Y me excito.
Treinta de agosto:
Hoy me dispongo a tomar un avión
de vuelta a Tenerife.
Aún no lo sé, pero el sonido de
la máquina al despegar me suscita el mismo (des)interés que la conversación del
día siguiente. De manera que, si cerrara los ojos ahora mismo, no sabría decir qué
día es hoy.
Desde las alturas, ella parece
realmente una hormiga.
Treinta y uno de agosto, noche:
Un ex compañero de la Universidad
detiene su Audi frente a mi casa. Lo saludo con una levísima inclinación de cabeza y reflexiono:
<<Él no terminó la carrera, yo sí;
él tiene un Audi, yo no; yo no quiero un Audi, él no quiere una carrera>>.
Se diría que nos compenetramos
bien.