viernes, 1 de septiembre de 2017

I DIARIO



Treinta y uno de agosto, mediodía:


El verano ironiza, de pura impotencia, con su inminente final. (De algún modo, todos lo paladeamos con furia).

Cuatro siluetas encargan un café, que resulta de una mediocridad intolerable.

Las personas que se reúnen en torno al dudoso néctar carecen de rostro, pero cada una de ellas posee, a cambio, un tono de voz característico e inédito en el mundo.

La extraña sinfonía debe equipararse al sonido proveniente de los aviones justo antes de levantar el vuelo.

Y así pasa una hora. Y otra más de infatigable oratoria. Y deposito ambos ojos en el reloj, como quien consulta pornografía a fondo perdido.


Mientras aquellas voces enumeran las bondades de un ser supuestamente excepcional —de nombre Pablito—, me sobreviene una imagen recurrente (aunque no por ello menos impresionante), con la que me distraigo: las piernas de Priscila, que son exactamente iguales a las de una hormiga.  Y me excito.


Treinta de agosto:


Hoy me dispongo a tomar un avión de vuelta a Tenerife.

Aún no lo sé, pero el sonido de la máquina al despegar me suscita el mismo (des)interés que la conversación del día siguiente. De manera que, si cerrara los ojos ahora mismo, no sabría decir qué día es hoy.

Desde las alturas, ella parece realmente una hormiga.


Treinta y uno de agosto, noche:


Un ex compañero de la Universidad detiene su Audi frente a mi casa. Lo saludo con una levísima inclinación de cabeza y reflexiono:

<<Él no terminó la carrera, yo sí; él tiene un Audi, yo no; yo no quiero un Audi, él no quiere una carrera>>.


Se diría que nos compenetramos bien.

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