Igual que en una mala sinfonía, la melodía va in crescendo –lo dije muchas veces (estaba cantado, pero nadie lo quiso contar) —, hasta alcanzar el punto de ebullición macabra donde todo cae, y tras unos segundos de perplejidad comienza el tiroteo de acusaciones. En realidad, nadie tiene la culpa.
Se trata de pequeños errores que todos cometemos con frecuencia, como por ejemplo olvidarnos de la comida del perro, equivocarnos de desvío al abandonar una rotonda, o compartir una china de hachís, sentados a la entrada de un garaje, con un travesti venezolano y su hermana menor de edad. Repito, nadie tiene la culpa.
No te sientas culpable, mujer. A ésta invito yo.

