jueves, 28 de julio de 2011

Demasiado tranquilo... (clichés del cine vol. XXXII) La culpa.

Igual que en una mala sinfonía, la melodía va in crescendo –lo dije muchas veces (estaba cantado, pero nadie lo quiso contar) —, hasta alcanzar el punto de ebullición macabra donde todo cae, y tras unos segundos de perplejidad comienza el tiroteo de acusaciones. En realidad, nadie tiene la culpa.
Se trata de pequeños errores que todos cometemos con frecuencia, como por ejemplo olvidarnos de la comida del perro, equivocarnos de desvío al abandonar una rotonda, o compartir una china de hachís, sentados a la entrada de un garaje, con un travesti venezolano y su hermana menor de edad. Repito, nadie tiene la culpa.

No te sientas culpable, mujer. A ésta invito yo.

domingo, 17 de julio de 2011

Pan y circo (cantinela imberbe)

La valentía no podía ser tan repugnante. Ellos me miraban a través del mismo cristal con que me habían visto crecer; tiraron de los hilos invisibles de la voluntad; recogieron el fruto del esfuerzo ajeno no solo para engrandecerse, sino para ensombrecer al resto; y sin embargo, el dedo seguía apuntando hacia mí. Vinieron con sus textos legales, con su hierba de mala calidad y con sus condiciones e intereses a corto plazo. Los demás no salieron con vida.
A la misma hora, en otro lugar, nacía un bebé de dos cabezas. Cuando se desprendió del vientre, ya estaba muerto. Ocurre cada día.
Y ahí estaba yo, con el rabo en la mano, sabiendo que mi vida y la de millones de personas dependían de mi habilidad para apuntar y descargar sobre el objetivo. Mi objetivo. Y entonces llegaron ellos, y nuestros problemas universales pasaron a llamarse picores íntimos, y a aliviarse con pomadas. Y nosotros, tía, nos lo creímos.
A la misma hora, en el mismo circo, ellos le acreditan como ciudadano, lo encierran en una carpeta de Word y le dicen quién es. Y nosotros, tía, nos desnudamos.