La valentía no podía ser tan repugnante. Ellos me miraban a través del mismo cristal con que me habían visto crecer; tiraron de los hilos invisibles de la voluntad; recogieron el fruto del esfuerzo ajeno no solo para engrandecerse, sino para ensombrecer al resto; y sin embargo, el dedo seguía apuntando hacia mí. Vinieron con sus textos legales, con su hierba de mala calidad y con sus condiciones e intereses a corto plazo. Los demás no salieron con vida.
A la misma hora, en otro lugar, nacía un bebé de dos cabezas. Cuando se desprendió del vientre, ya estaba muerto. Ocurre cada día.
Y ahí estaba yo, con el rabo en la mano, sabiendo que mi vida y la de millones de personas dependían de mi habilidad para apuntar y descargar sobre el objetivo. Mi objetivo. Y entonces llegaron ellos, y nuestros problemas universales pasaron a llamarse picores íntimos, y a aliviarse con pomadas. Y nosotros, tía, nos lo creímos.
A la misma hora, en el mismo circo, ellos le acreditan como ciudadano, lo encierran en una carpeta de Word y le dicen quién es. Y nosotros, tía, nos desnudamos.
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