Para que aprendas a morder la piel con rabia, sin que el jugo se pierda y con la sed del sediento agrietando tus labios, queriendo amar y ser amada, infinitamente amada. Los ayeres contemplativos reinventan el presente de modo que todo recuerdo amargo se deshace lentamente en el fruto carnoso del olvido. Mientras tanto, una sonrisa irónica se retuerce en la piedra de un mechero en llamas apenas vivo para prender un cigarro humedecido bajo la lluvia de hoy. Los dientes que lo mantienen ingrávido y combustible son ilusiones óseas, doradas, prescindibles al fin, que nada tienen, salvo este momento.
Mi vida en cursiva, la tuya simplemente propia. Mucho más guapa que entonces, pero más indiferente que nunca, quisiste alejarme de mis vicios más inconfesables, incluyéndote a ti, o hacerme elegir. Por supuesto que las mañanas sin melodías sonrientes se convierten en miserables y vacías naves de Caronte, pero ya me conoces, no soporto los despertares sin tabaco, negar mi naturaleza miserable y vacía, o dar los buenos días para siempre. Finalmente, y como cabía esperar, me dejaste sentado con un beso impreso en los labios y un cigarro entre los dientes.