lunes, 11 de abril de 2011

Hashīsh

Cuando todo esté permitido bajo la coacción represiva de la voluntad ajena, los labios que se presumían rojos y voraces, serán solo una imagen descompuesta en sepia, secándose en el segundo cajón del escritorio, donde las manos inquietas revuelven el pasado y consultan al olvido sobre el recuerdo. Qué locura.
Triste, como los pájaros enfermos que levantan el vuelo con dificultad, perdiéndose de vista en el lacrimal de un heroinómano melancólico. Disperso, como un niño ensimismado esperando en el asiento de atrás. Amargo, como la primavera insinuándose en cualquier esquina; ojerosa y fumadora; económica y solitaria. Indiferente, como un perro en el cine. Extraño, como los cielos que se deshacen en finas gotas de alquitrán frente a mi ventana.
Cuando los borrachos se alivien en servicios aseados y perfumen sus solapas impolutas antes de sumarse a la gente del montón, amontonada en la autopista para ir a trabajar, las miradas que antes se cruzaban igual que en un tiroteo, harán de la cama un hospital sentimental y no un campo de batalla, y eso será…
Quisiera seguir escribiendo, pero cojones, ¿para qué? Para nada. Para sí, más bien.
Hablando en plata, mi cara presenta graves síntomas de maltrato propio y ajeno y ganas, canas y voluntad de joder y que me sigan jodiendo, porque ésa es la salsa de la vida, o acaso seré una suerte de sodomita emocional. Qué más da.
A sobar todo el mundo.
Psicotropías a parte: Hachís.

“¡Jezús!”.

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