Las teclas que pulso revelan
melodías de Buddy Holly, cuyo cadáver fue descubierto en un campo de maíz junto
a los de Ritchie Valens y The Big Bopper. El día en que murió la música parece
hoy tan lejano… Y, sin embargo, a veces creo despertar entre los restos de
aquel monoplano: el aire se mece a mi alrededor, turbio, ondulado, mientras los
pájaros chillan, enfermos de odio, sobre las flores humeantes. En la distancia diviso
un tupé deshecho tras las cañas destrozadas cuando, de pronto
(que Dios me asista), me doy cuenta: no puedo ser otro que Roger Peterson, el
infame piloto del Bonanza estrellado en el condado de Cerro Gordo. Por más que intento
tensionar algún músculo, no acierto a reconocer mi propio cuerpo. Los párpados
pesan, me pregunto a qué distancia quedará Dakota del Norte, quizá tratando de distraerme de la sangre y el metal retorcido, que
son ahora todo mi mundo. Cierro los ojos, tranquilo. Parece que está amaneciendo.
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