domingo, 29 de octubre de 2017

EN EL SALÓN DE LOS DEMÁS

Entras en el salón de los demás, donde todo es oropel y, aunque nadie te invitó, desciendes la mitad de la escalinata —esa grotesca imitación de mármol— que conduce adonde crees que quieres estar: la música lúgubre, los tocados extraños retorciéndose bajo una lámpara de araña, los tristísimos esmóquines, el tintineo de las copas, los movimientos sinuosos tras una nube de humo… De pronto, se hace el silencio allá abajo, donde alterna la multitud. Todos interrumpen lo que estaban haciendo para asistir a tu patético tránsito, o así lo percibes tú. Hay quien pone los ojos en blanco mientras acaricia la falda de su vestido con la palma de la mano, otros, claramente incómodos, se mesan los bigotes ad infinitum. Al principio, te sientes dueña de todas las miradas, solo para descubrir que eres tú quien se ha convertido en patrimonio de los indiscretos. El mundo entero se contiene en esos aposentos, y su reacción te hace retroceder.

Detrás de ti, (…) una brisa misteriosa.

Un murmullo atronador se desata al final de los peldaños que te quedan por bajar, el sabor a óxido inunda tu boca. Entras en el salón de los demás, donde todo es oropel. El mundo entero se contiene en esos aposentos, y su reacción te hace retroceder. Al principio, te sientes dueña de todas las miradas —esa grotesca imitación de mármol—, solo para descubrir que eres tú quien acaricia la falda de su vestido con la palma de la mano. Todos interrumpen lo que estaban haciendo bajo una lámpara de araña y, aunque nadie te invitó, desciendes la mitad de la escalinata que conduce adonde todo es oropel.

Es la fiesta de los demás, y tú no estás invitada.

Un viento extraño hace que te preguntes cuánto tiempo llevas ahí, de pie, a medio camino entre ellos y tú misma.

 Agachas la cabeza, como buscando refugio en tus zapatos, mientras repites un mantra infantil: “Todo el mundo te quiere”. De nuevo, entras en el salón de los demás, donde todos se retuercen bajo una lámpara de araña. Hay quien pone los ojos en blanco ad infinitum, y su reacción te hace retroceder. Se hace el silencio: la música lúgubre, los tristísimos esmóquines, el tintineo de las copas… Todos interrumpen lo que estaban haciendo para asistir a la fiesta de los demás. Te preguntas cuánto tiempo llevan ahí, a medio camino entre ellos y tú misma. (¿Cuánto más estarás tú?).

Te preguntas, acaso, si es posible renunciar al salón de los demás, donde todo es oropel.

Un murmullo íntimo se desata al final de los peldaños que dejaste atrás, el color rojizo del óxido resbala por tu barbilla. Alguien dirige su atención a algún punto sobre tu cabeza, cuando un viento extraño desordena tus cabellos. Su soplido desgarra también tu carne y tu ropa. Resignada, entras en el salón de los demás, donde una multitud de mármol pone los ojos en blanco para asistir a tu patético tránsito. (Ah, pero ¿qué será de ellos cuando te instales en tus propias habitaciones, con toda esa música lúgubre, tocados extraños y tristísimos esmóquines?). Irremediablemente, entras en el salón de los demás, donde nadie te quiere.

Detrás de ti, la puerta sigue entreabierta. A través de ella penetra una brisa misteriosa.

Sola, apenas viva, abandonas el salón de los demás, donde todo es oropel, y asciendes la mitad de la escalinata —esa grotesca imitación de mármol— que conduce adonde crees que quieres estar. Afuera, el viento silba entre los árboles de metal y las bestias aúllan enloquecidas, acallando tu modesto llanto, llenando el aire de lamentos de otro tiempo.


Es momento de volver casa, donde todo el mundo te quiere.

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