Entras en el
salón de los demás, donde todo es oropel y, aunque nadie te invitó, desciendes
la mitad de la escalinata —esa grotesca imitación de mármol— que conduce adonde
crees que quieres estar: la música lúgubre, los tocados extraños retorciéndose
bajo una lámpara de araña, los tristísimos esmóquines, el tintineo de las
copas, los movimientos sinuosos tras una nube de humo… De pronto, se hace el
silencio allá abajo, donde alterna la multitud. Todos interrumpen lo que estaban
haciendo para asistir a tu patético tránsito, o así lo percibes tú. Hay quien
pone los ojos en blanco mientras acaricia la falda de su vestido con la palma
de la mano, otros, claramente incómodos, se mesan los bigotes ad infinitum. Al principio, te sientes dueña
de todas las miradas, solo para descubrir que eres tú quien se ha convertido en
patrimonio de los indiscretos. El mundo entero se contiene en esos aposentos, y
su reacción te hace retroceder.
Detrás de ti, (…)
una brisa misteriosa.
Un murmullo atronador
se desata al final de los peldaños que te quedan por bajar, el sabor a óxido inunda
tu boca. Entras en el salón de los demás, donde todo es oropel. El mundo entero
se contiene en esos aposentos, y su reacción te hace retroceder. Al principio,
te sientes dueña de todas las miradas —esa grotesca imitación de mármol—, solo
para descubrir que eres tú quien acaricia la falda de su vestido con la palma
de la mano. Todos interrumpen lo que estaban haciendo bajo una lámpara de araña
y, aunque nadie te invitó, desciendes la mitad de la escalinata que conduce adonde
todo es oropel.
Es la fiesta
de los demás, y tú no estás invitada.
Un viento
extraño hace que te preguntes cuánto tiempo llevas ahí, de pie, a medio camino
entre ellos y tú misma.
Agachas la cabeza, como buscando refugio en
tus zapatos, mientras repites un mantra infantil: “Todo el mundo te quiere”. De
nuevo, entras en el salón de los demás, donde todos se retuercen bajo una
lámpara de araña. Hay quien pone los ojos en blanco ad infinitum, y su reacción te hace retroceder. Se hace el
silencio: la música lúgubre, los tristísimos esmóquines, el tintineo de las
copas… Todos interrumpen lo que estaban haciendo para asistir a la fiesta de
los demás. Te preguntas cuánto tiempo llevan ahí, a medio camino entre ellos y
tú misma. (¿Cuánto más estarás tú?).
Te preguntas, acaso, si
es posible renunciar al salón de los demás, donde todo es oropel.
Un murmullo
íntimo se desata al final de los peldaños que dejaste atrás, el color rojizo del
óxido resbala por tu barbilla. Alguien dirige su atención a algún punto sobre
tu cabeza, cuando un viento extraño desordena tus cabellos. Su soplido desgarra
también tu carne y tu ropa. Resignada, entras en el salón de los demás, donde una
multitud de mármol pone los ojos en blanco para asistir a tu patético tránsito.
(Ah, pero ¿qué será de ellos cuando te instales en tus propias habitaciones,
con toda esa música lúgubre, tocados extraños y tristísimos esmóquines?). Irremediablemente,
entras en el salón de los demás, donde nadie te quiere.
Detrás de ti,
la puerta sigue entreabierta. A través de ella penetra una brisa misteriosa.
Sola, apenas
viva, abandonas el salón de los demás, donde todo es oropel, y asciendes la mitad
de la escalinata —esa grotesca imitación de mármol— que conduce adonde crees
que quieres estar. Afuera, el viento silba entre los árboles de metal y las bestias aúllan enloquecidas, acallando tu modesto llanto, llenando el aire de
lamentos de otro tiempo.
Es momento de volver casa, donde todo el mundo te quiere.
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