sábado, 5 de febrero de 2011

Mr. Frank


Yo es que no tengo medida. La brisa repasa las cortinas y por una vez, algo más que un cuerpo de seda se despereza en la cama con el pelo enredado entre mis sonrisas lejanas. Estoy de pie junto a la ventana, con medio cigarro menos que cuando empecé. Los proveedores de todo inician su marcha errante por los diferentes locales de la ciudad, salpicada por la quietud gris de las siete de la mañana. El imperio de los gatos se desmorona y los mastodontes del asfalto ocupan ahora su lugar.
Hay momentos que no tienen precio. Ahora que tengo quien me quiera, que no consumo, y que las depresiones son menos deprimentes, no encuentro el momento de mezclarme con el mundo, de perderme por ahí, donde ella no me pueda encontrar. Será que de nuevo soy un mantenido sentimental. Que traicioné mis principios a costa de un final feliz. Que me gusta demasiado desvestirla cien veces al día.
Medio cigarro menos. Una colilla sometida a la gravedad, unida a la ciudad tras una caía de dos pisos. Entonces vuelvo a la cama y ella vuelve del baño. Y nos volvemos a mirar, igual que antes, igual que siempre. Yo sé que me quiere con locura, y ella sabe que siempre digo la verdad.

Mentira. Todavía consumo.
Thanks, mr. Frank.

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