lunes, 27 de junio de 2011

Mi campaña anti-pedantería repugnante, parte 1: El Cagar.

Acudir al baño con frecuencia es saludable, todo el mundo lo sabe. Cuando la tempestad asola las calles y las aceras se llenan de ceniza, me inclino sobre el inodoro, que me devuelve la mirada como si la vida estuviera dispuesta a brindarme una segunda oportunidad. Afuera, todavía es verano, y los pájaros enferman de amor, un niño ríe distraído, y el rumor de la autopista sigue siendo nada más que un rumor; ajado; solitario; lejano; mientras yo… en fin. Necesito que las condiciones sean idóneas para sentirme bien y poder iniciar sin complicaciones incómodas la recta final de la maquinaria digestiva. Necesito, entre otras cosas, silencio absoluto. Entonces, se produce el milagro, y una lágrima de orgullo paternal se descuelga por mi mejilla hasta mezclarse eternamente con mi creación. Hay veces en que debería estar prohibido tirar de la cadena, y sin embargo hay otras en que se convierte en una responsabilidad cívica. Al final, al margen de los deseos individuales, todo se reduce a la famosa frase pronunciada por Fernando Fernán Gómez, que aquí cobra un significado sorprendentemente redundante: “¡A la mierda!”.
Todos los ríos van al mar.

4 comentarios:

  1. Hey! Ha ha! Muy bueno este. Dios bendiga al que inventó el inodoro. Te dejo este video, supongo que conocerás al lector:

    http://www.youtube.com/watch?v=m0gXOBcNoi8

    Hasta pronto!

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  2. PUF!!!
    Me encantó. EN SERIO.

    Yo digo que me voy y que no cuando yo lo diera.

    Pasas demasiado muy poco por estos sombríos lugares, no?

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  3. Ah, y gracias por tu extrema amabilidad, tía.
    Te debo una cerveza.

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