Cuando perdamos la esperanza y nuestra piel se descuelgue rendida ante la intransigencia de la gravedad, la juventud será una anécdota dispersa en el trajín confuso de los días, una palabra en desuso y una punzada en el trascurso del más profundo de los silencios nocturnos.
Nos aferraremos a las sábanas limpias con nuestros dedos secos y temblorosos, esperando encontrar alguna suerte de tranquilidad, quietud, o lo que quiera que esté buscando quien solo espera la muerte, en el viejo respirar del otro lado de la cama.
Reconoceré mi reflejo de madrugada en el espejo del cuarto de baño mientras acaricio mi calva con resignación, y entonces recordaré que una vez tuve veinte años, el pelo largo y un sinfín de absurdas nostalgias infantiles. ¿Dónde estarás tú?
Probablemente seremos desconocidos encantadores, dos viejos miserables resignados al cansancio de vivir en la periferia de la sociedad, donde atracan los barcos que nunca más volverán a puerto, donde los latidos se esconden detrás de unos huesos hastiados incapaces de rememorar otros tiempos.
Ni siquiera en esos días cruzará por nuestras miradas abrumadas las malas costumbres que nos inculcamos sobre una cama y sin protección. Nuestros rostros se habrán mezclado con otras caras diferentes hasta borrarse como el tejido de un papel roto por el agua.
Por eso, antes de que las arrugas se abracen a mis ojos y la naturaleza siga su curso hasta vernos tumbados en paz sobre una caja de madera, quería que supieras que mis adicciones siempre fueron menos tristes contigo, mis soledades más luminosas, y sí, mis libros más desordenados. Lo cierto es que te pareces a todas ellas, y sin embargo, nunca vi a nadie como tú.
No hay comentarios:
Publicar un comentario