martes, 18 de enero de 2011

Alegre jauría de canto

En una caja de pino custodiada por pingüinos depresivos que ponga: “¡Señor Castro! ¡Bienvenido!”, iré a buscarte, cruzando este océano polar que nos separa, para parar delante de tu casa, estático sobre un felpudo que diga: “Y no me vuelvas a llamar”.
Rodaré ladera abajo con mis botas chirriantes y tal vez me integre del todo en un Todo a Cien coronándome como vendedor del mes para suplir el vacío que dejaron tus pestañeos distraídos en los agujeros humeantes de mi camisa. ¡Bang!

Los pétalos que caen
Secos de las rosas muertas
Son un poco menos crueles
Solo cuando tú estás cerca.

En una caja de pino custodiada por cortinas de lino, haré desplegar la mosquitera de cristal en mitad de la carretera con tu nombre mal escrito, sin prisas pero sin pausas y sin conocimiento de causa. Siempre con la mente en otro sitio. Tú ya sabes cómo soy.
Y si me canso, me detengo en el oasis existencial o en otras palabras, dos décadas de soledad, que me avalan como caballero pseudo-senil y mal hallado, siempre interesado en volver a morir, para rascarle el viento al tiempo, y encontrar un hueco para llenarte, tal día como hoy.

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