martes, 26 de abril de 2011

¿Para qué carajo me llamaste?

               
               Porque ningún hombre merece que lo despierten de su sagrado sueño a una hora tan indecente (más o menos las diez de la mañana), para hablar de amor y otras gilipolleces pasadas:

               Me encanta perderme desvestido por tu costuras deshechas en jirones de piel tensa y electrizante, mujer, beber de tus imperfecciones para perfeccionar mi aleatoria pasión de explorador amateur y abrirme paso a lengüetazos hasta llegar a tu paladar, donde me detengo a mirar el pálpito que tiempo atrás diera por perdido, pero que en realidad, nunca supe ver. ¿Es posible que por una vez no necesite más de lo tengo? ¿Acaso esto era la primavera? Aquella parte de mí que detestaba dormir cayó rendida al pie de tu cama, y las tajantes despedidas se cansaron de viajar solas y en silencio. Qué bien que te encontré, tía.
                Y ojalá fuera verdad.
                Pero la verdad es que todavía me cuesta dormir. No siento nada por nadie, o por lo menos, no más de lo que nadie siente por mí, y hace tiempo que me deshice del recuerdo para poder pasar la tarde sin que la melancolía desgarre las paredes buscando mi complicidad. Consumo, me aburro, paseo, pero desde luego, no tengo ganas de masajear tu ego lamiéndote las heridas. Seguramente nos desvistamos con cuidado animal pero por separado, porque no quiero volver a mirar por el ojo de una aguja existencial hasta verme clavado en el centro de tu vida. Ya he estado allí. Y llegados a este punto, te pregunto…

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