domingo, 19 de diciembre de 2010

Ernesto, la novia sordomuda y el saldo.

Pelirroja, para de moverte de una esquina a otra, pisando cables y crisantemos reventados por tus botas. ¿No ves que en mi cabeza no hay sitio para los dos?
Cómo brilla la Luna sobre las noches sordomudas. Se deja caer por tu silueta y regresa a rebañar tus labios antes de perderse por la ventana, haciendo ondear las cortinas a su paso.
¿A quién le importa que no puedas regalar obscenidades con una voz melodiosa y embriagadora, ni gritarme desnuda desde el bacón que olvidé recoger los calzoncillos del microondas, si el vaivén de tus pestañeos abanicando al de tus caderas es el canto más cruel, áspero, melodioso y embriagador que he probado en mi vida?
Y sin embargo, y a la vista de tus múltiples encantos y virtudes, no puedo evitar pensar que este mes, la factura del teléfono la vas a pagar tú. Los mensajes de texto no paran de llegar, y mi pobre móvil apenas se tiene en pie; mensajes hirientes, cansados, llenos de ternura y también de pasión sordomuda, y todos exigen respuesta. Nadie tiene tanto aguante frente las arremetidas de una mujer. Nadie.
Después de tanto tiempo juntos, mi casa es una caja de zapatos. Tuve que dejar de fumar–solo para ti–y empeñar todos los muebles e incluso los ceniceros, después de que me comiera la ceniza. El mono puede ser muy duro, incluso más que las horas extras en el acuario. Mi sueldo es mi saldo. Cuando frente a un escaparte, de madrugada, te sequé las lágrimas y te dije que el amor no tiene precio, no sabía dónde me estaba metiendo.
            Y ahora, arruinado y solo, contemplo las viejas fotos del móvil. Echo de menos ese icono en forma de sobre parpadeando en la pantalla porque tenía el buzón de entrada lleno, a veces cómplice de tu delirio febril, otras por la avaricia del banco. Tu pelo, la levedad de tu forma de caminar y las miradas a oscuras que se reían de la mañana también me atormentan de manera preocupante.
            Y ahora, arruinado y solo, sigo pensando cómo pudiste hacerme esto a mí. Yo, que renuncié a la gomina e incluso al agua caliente para satisfacer tus necesidades comunicativas. Que te quise tanto…
            Seguro que en este momento estás con él, tumbada en el sillón, mientras tu nuevo amor, con sus setenta años, recorre las teclas del piano en ayunas después de haberse recorrido interminablemente contigo como solíamos hacer nosotros.
Pero lo peor es el gusto amargo que gotea hasta de las paredes con la convicción de que no vas a volver. Porque, ¿qué puede hacer el limpiador del acuario contra un bluesman ciego?

2 comentarios:

  1. Soberbio:

    "...Se deja caer por tu silueta y regresa a rebañar tus labios antes de perderse por la ventana, haciendo ondear las cortinas a su paso."

    "si el vaivén de tus pestañeos abanicando al de tus caderas es el canto más cruel, áspero, melodioso y embriagador que he probado en mi vida?"

    ResponderEliminar